Aún la luna es fanal de la noche pontana,
presa aún la alborada de las negras sombras,
la multitud asciende al Calvario devota,
todo un pueblo hacia el Gólgota en marcha.
Ver a Jesús, padre bueno de mi noble pueblo,
cuando apenas deja el eco los ígneos sones
de Febo y entre las suaves colinas un destello
de su rayo abre, ver a Jesús los corazones
todos, anhelo es y sueño y estremecimiento
del alegre pontano de su visión sediento.
Ahora la emoción ya es dueña de la plaza,
crujen las sacras jambas de la elevada ermita,
raudo transita el pulso, quedas las miradas,
se han detenido el aire y el tiempo en esta orilla.
Ya ha de salir Jesús. !Silencio! !Silencio! !Calla!...
Rompen las centenarias notas de La Diana
el aire leve, la postrer sombra y toda el alma.
«El terrible» desde el Pórtico abre sus brazos,
bendice a sus hijos, de amor con un lazo
invisible los ata. Sólo la música habla.
No hay palabras. Complacida y llorosa a su lado
la Bendita Señora de los Dolores calla.
La brisa alegre del joven pintor del mundo
lleva el son inolvidable de La Diana,
que quema el corazón y al más sereno pulso
estremece. No osan las gorjas formar palabras.
Hienden las auras del alba mil cálidas palmas.
El brillo de dorados escudos y corazas,
clámides y haldas, bajo los albos plumeros
al viento de Los Romanos, lidia con la llama
naciente y brotan de sus exornados pechos
mil rayos que cortan el tibio aire de mañana.
!Es la Diana! Momento un año anhelado.
Es todo un pueblo asido a la Cruz salvadora,
que es el Divino Nazareno, enamorado,
en su níveo hombro inmaculado soporta.
!Es la Diana! Alabanza anual del pontano
sencillo que del mundo al Redentor adora.
Es el silencio de todo un pueblo extasiado,
que habla con Dios por medio de estas sublimes notas.
!Es la Diana! De emoción excelso instante
que, por años y siglos, La Puente, alba nave
que Genil circunda y que entre olivos mora,
cual sin par homenaje ofrece al Rey de la Gloria.